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El
verano y la trilla
Al contemplar esta foto, vinieron a mi memoria los tiempos de mi infancia, similares, en algún momento, a los de la imagen y tuve algunos recuerdos para “Canela”, una burra estupenda, bonita, blanca y gris.
Era una tarde de agosto cuando mi padre me pidió que le supliera en la trilla de la parva de trigo, mientras que el reposaba un rato a la sombra del pajar y bebía el agua fresca del botijo, cubierto de mojados paños de hilo, que mi madre preparaba mejor que nadie. Recuerdo que yo la preguntaba: “¿Para qué envuelve usted el botijo?”, Y ella me decía “Es para que no se caliente el agua”. Yo no entendía nada, pero si mi madre lo decía, sería cierto.
Mi padre me dejó sentada en el tajo, colocado enmedio del trillo tirado por “Canela”, dejó en mis manos las riendas y una vara ligera y delgadita. Me indicó cómo tenía que guiar a “Canela”, mientras ella, con la cabeza bien alta escuchaba y movía la cola, no se si de contenta o para sacudirse las moscas.
Vueltas y vueltas a la parva. Yo comenzaba a aburrirme, “Canela” iba despacio, paso a paso, con la cabeza gacha y el bozal en el hocico. El tiempo me parecía interminable, el ruido del trillo al triturar la paja me adormecía. Me dije para mí, esto no tiene sentido, tanto tiempo dando vueltas y la paja sigue igual de gorga. ¡Hay que buscar una solución! Me puse de pie sobre el trillo, levanté las riendas, miré a mi mano derecha que sostenía la vara y, blandiéndola en el aire, dije a “Canela”: ¡A galope, a galope, a galo!. Pero ni por esas, seguía impertérrita. Miré de nuevo la vara, la tiré con genio al aire, me bajé del trillo, me coloqué delante de “Canela” y la dije: ¿Pero, es que no te aburres?. Sacudió la cabeza y levantándola me miró fijamente. La saqué el bozal que estaba sujeto por las orejas y cubría su hocico mientras la decía: claro, tienes hambre. Pues come lo que quieras.
Y rebuznó sacudiendo las orejas. Me acerqué al pozo, saqué un cubo de agua y se lo llevé. ¡Cómo bebía y comía!.
Separaba la paja del trigo hociqueando y con el aire que expulsaba por el hocico.
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Después de un rato me subí de nuevo al trillo y cogiendo la vara y las riendas me dije: ahora sí podrá correr, terminaremos de trillar la parva y mi padre me dará el real para ir a comprar caramelos al estanco. Ni corta ni perezosa animé a “Canela” a correr. ¡Arre, arre, arre, corre “Canela”, a trillar, a trillar!. “Canela” corría y corría, la paja y el trigo se esparcía por doquier, se formaban montones en desorden que, al subir y bajarlos, parecían toboganes. “Canela” iba por donde quería, las curvas se pronunciaban, yo estaba unas veces fuera del trillo y otras dentro, el cubo de las boñigas desapareció del trillo al igual que el tajo. Yo, ya no sabía que hacer. Sólo recuerdo que grité con fuerza: ¡Para “Canela”, para!. A los gritos apareció mi padre. ¡So,
so, so! le gritaba a “Canela” con voz ronca y firme, al tiempo que se colocaba delante de ella, amarrandola por las cuerdas del bozal. ¿Pero, qué habéis hecho?, nos preguntó. Pues trillar, contesté con las manos en jarras. Mi padre, sin saber que contestar, volvió la cabeza hacia otro lado, creo que para ocultar la risa, al ver que yo permanecía seria y con las manos firmes en mis caderas. Cuando se volvió hacia mí dijo: Pues ahora toca recoger y preparar la parva para terminar mañana. Mi padre cogió la horca y yo el rastrillo, pronto quedó todo ordenado y la parva se parecía al sol que, allá en el horizonte, ya se ocultaba. Por hoy ya basta, dijo mi padre. Colocó la albarda a “Canela” y me ayudó a sentarme encima. El cogió las riendas y caminando, delante de nosotras, nos dirigimos a casa. En el camino me atreví a preguntarle: ¿Padre, hoy me he ganado el real?. Mi padre se paró y me miró, “Canela” levantó la cabeza, la sacudió y respiró. Me dijo: A mí también me gustaba jugar cuando era niño, el abuelo nos llevaba a la feria cuando terminábamos la recolección del verano, a finales de agosto. ¿Qué te parece si hoy metemos tres reales en la hucha? Y cuando llegue la feria iremos con “Canela” a comprar pasteles. “Canela” rebuznó y aceleró el paso.
Cuando llegamos a casa, mi padre acercándose al oído de “Canela” la dijo: Hoy te toca cenar sólo hierba, porque debes tener indigestión de trigo... Los dos nos miramos riéndonos a carcajadas.
Mi padre colocó en el pesebre un buen brazado de alfalfa recién cortada. Ahora el pesebre de “Canela” me espera cada día en la entrada de mi casa y en él he plantado hierbabuena, su olor y frescura me recuerdan a los veranos de mi infancia.
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