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Llega el mes de diciembre,
mes muy añorado,
ya que en la primera quincena
en el pueblo nos juntamos,
con el fin de sacrificar
a un honorable marrano.
La víspera del sacrificio
a Barco nos trasladamos,
para escoger a la víctima
que hasta Solana ha de acompañarnos.
En un furgón funerario
al animal trasladamos,
y en lugar de ingresar en UVI,
en la pocilga le internamos
esperando las decisiones
de prestigiosos cirujanos.
Al día siguiente,
se reúne una comisión,
y en juicio sumarísimo
le mandan al paredón.
A partir de este momento,
en grupo elevado,
se dirigen a la pocilga,
y sin mediar comentario,
le agarran por las orejas,
de las patas y del rabo
conduciéndole al patíbulo,
donde es sacrificado.
Seguidamente comienzan
con el fuego a socarrarlo,
quedando limpio
de pelos y pecados.
En una toza de madera
le ponen panza arriba,
descuartizándole
Y sacándole las tripas.
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Como todo su cuerpo
es bueno y exquisito,
se le divide por partes
en tiras y trocitos,
Incluyendo paletillas,
jamones, lomos y solomillos
a los que minuciosamente
se les hace picadillo.
Personas muy expertas
y con mucho sacrificio,
se encargan de condimentar
este manjar tan riquísimo.
Aunque en el menú diario
el marrano predomina,
también se comen torreznos
con patatas rebullidas.
Y no podían faltar
esas famosas judías,
cosechadas en Solana
y en España muy conocidas,
como típicas de Barco
en el plato exquisitas.
Estos tres días llevamos
una dieta muy completa:
comenzamos con chorizo
y terminamos con panceta.
Por último quiero ensalzar
a este pobre animalito,
que tiene corta vida
sometida al sacrificio.
Siendo todo aprovechable
del rabo hasta el hocico.
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