El trabajo de segador, con su cuerpo doblado por la cintura, expuesto al rigor del sol durante tantas horas, era extenuante y llegaba al final de la campaña con el cuerpo traspillado. El corte del último puñado de espigas de trigo candeal lo celebraba con gritos de júbilo y saltos de triunfo liberador aunque una última mirada, a lo lejos, observando la interminable llanura de mieses rapadas provocase en su interior un reprimido sentimiento de tristeza, al contemplar el desolado desierto de rastrojos en que se había convertido lo que antes fue un colorido mar de ondulantes mieses.

 


 

LAS COMIDAS 
DE LOS SEGADORES

 

Los segadores dormían en el pajar y se levantaban antes de salir el sol. Antes de ir al corte se pasaban por la casa del amo para conocer el lugar de las tierras señaladas para el día de siega. En la casa, mientras se hablaba del tema, tomaban un refrigerio de pan y vino. Muchas veces, un miembro de la familia del dueño participaba en la siega como un componente más de la cuadrilla de segadores y, conocedor de las propiedades, les conducía, por los caminos del término, el lugar donde se iba a iniciar el tajo.

Cuando ya se habían dado unas cuantas manos de siega y el sol empezaba a calentar fuerte, llegaba la burra cargada con el almuerzo de la mañana y otras vituallas o enseres necesarios para la jornada; entonces los segadores paraban para tomar el almuerzo.


Este almuerzo se componía, casi invariablemente, de una cazuela grande de sopas de ajo y la “tajá” que podía ser de longaniza, lomo o torrezno, conservados desde la matanza en grandes latas con manteca. Se comía sentados en el suelo, alrededor del mantel extendido sobre una manta doblada. Todas las comidas se acompañaban de la bota de vino que se pasaba, de mano en mano, haciendo la ronda siempre que el mayoral lo indicaba.

Terminado el almuerzo el rapaz construía, con haces, un sombrajo para el agua y el vino, y cobijar las vituallas y otros enseres; cuidando siempre de ponerlo lejos de algún hormiguero que invadiera los alimentos, eran particularmente temidas las hormigas rojas de Garoza por el escozor de sus mordeduras.

Un muchacho o mujer, de la familia del amo, que no estaban capacitados para tareas mayores era el encargado de llevar la comida a los segadores y, después del almuerzo de la mañana, se quedaba en el campo ayudando en la siega, bien recogiendo espigas o amorenando hasta que llegaba la hora de volver al pueblo para traer la comida del mediodía. Hacia la mitad de este espacio de tiempo, supuestamente a las diez ya que la gente del campo se regía por la altura del sol y no por las agujas del reloj, paraban los segadores para “echar las diez”. Se llamaba echar las diez a lo de tomarse un tentempié, cuyos componentes característicos eran pan, aceitunas y vino, a veces se añadía alguna fruta, tomates o ensalada. Este descanso era algo semejante a lo que por estos tiempos se llama la hora del bocadillo.

Al terminar de echar las diez, el muchacho encargado de traer la comida, ayudado del rapaz, cargaba en las aguaderas de la burra el cántaro vacío y el menaje usado para las comidas, regresando al pueblo. El muchacho volvía unas horas después conduciendo la burra con el cántaro de agua fresca, la comida del mediodía y el bagaje necesario para la jornada de siega de la tarde.

La comida se componía, invariablemente, del cocido de garbanzos con tocino y chorizo o carne de oveja y poco más. A los garbanzos les precedía una cazuela de sopas de pan o fideos con el caldo del cocido. El tocino se dejaba para la merienda de la tarde y todos comían del mismo plato.

Después de la comida, los segadores dormían una media hora de siesta reparadora bajo un sombrajo individual de haces donde sólo la cabeza y medio cuerpo cabían a la sombra. A media tarde se descansaba para tomar la merienda. El alimento fundamental de esta merienda era el tocino reservado de la comida de mediodía que se tomaba pringando en el buen pan que se cocía en el horno de la casa y con el vino de cosecha; a veces se tomaba algo más como aceitunas, queso fresco, conservas de pescado, fruta...

Cuando ya estaba el sol puesto se regresaba al pueblo para cenar y dormir. La cena se hacía en la mesa grande de la casa, a la que se sentaban también todos los miembros de la familia, excepto los niños, el pastor y el temporero si los había.

Para la cena se tomaba un potaje de patatas con arroz y huevos picados, judías blancas o pintas, judías verdes, patatas con morros de ternera que se traían de Ávila..., terminando con ensalada de lechuga o de tomate con pepino y cebolla.

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Revista Fasal Ávila  15