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A tí San Miguel,
mi amigo y querido pueblo.
Entre montañas y río,
tus frondosos robledales
y tu campo enverdecido.
Oh tierra en que nací,
cantar y llorar quisiera,
pero hoy sólo recordara
los parajes donde fuí.
Dejas la carretera
y subes la cuesta
que te lleve al centro,
dejando atrás el vallejo.
Cuando vas subiendo
y si a tu izquierda miras,
de un cementerio,
son sus ruinas.
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Sigue, subiendo...
levantas la frente al cielo, verás,
esbelta torre de espadaña, que
cuando sus campanas tañan,
las escuchamos con anhelo.
La torre tiene fieles cigüeñas
que acompañan con sus castañeos,
y entre las rojas tejas,
también graznaron las cornejas.
Y sigues subiendo...
Plaza de las Tapias,
en medio, su pétrea fuente
testigo de tantas pláticas,
que aún siguen en nuestras mentes.
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Cuando la tarde caía,
mozos y mozas iban y venían
y la plaza se erguía
en una bella algarabía.
Ahora, vas siguiendo...
Plaza de la Iglesia,
con su cruz y portalillo al centro,
escudo de gentes nobles
y testigo de tantos eventos.
Sigue, bordeando...
una antigua y valiosa cruz podrás ver,
que quizás no te hayas percatado
de lo bonita que ella es. |