Caminando hacia el Pozuelo vimos un carro, pero no era un carro cualquiera, era “el carro de la Tía Andrea”. Lleva años y años en el mismo lugar. Le conté que, cuando yo tenía su edad, de este carro tiraban dos vacas, la “Jarda” y la “Mora”, mi hija se echó a reír diciendo - ¡Pero que dices papi, tú
flipas!.
Le dije que antes todas las vacas tenían un nombre y sus dueños las daban órdenes nombrándolas, como por ejemplo “Vamos, Morita, maja que nos pilla el nublao”.
- ¡Venga ya! ¡ no te quedes conmigo!. - volvió a decir riendo.
- Pues sí es verdad, tan verdad como que este carro ha hecho mil viajes hasta las eras, donde ahora tu corres con la bicicleta, lo cargaban de heno, paja, o cebada. Una vez terminada la trilla, lo traían al pueblo para almacenar la paja en los pajares, y cuando no llevaba carga nos subíamos, nos agarrábamos hasta los dientes para no caernos, pues era tal el traqueteo, que me río yo de la Montaña Rusa del Parque de Atracciones.
- ¡Cómo mola, quiero montar en uno, por favor papá, móntame una vez!. -Me pidió mi hija.

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- Ya no se puede, cariño, porque el carro es viejo y está podrida la madera de las ruedas. Nadie lo ha cuidado. Además las vacas de ahora no tienen nombre y no podrían llevarlo. - Y seguimos nuestro paseo llegando a “la Fragua”.
- ¿Papá para qué es este columpio de piedra?.
- No es un columpio de piedra - le dije riendo - es un potro. Aquí se ataba a las vacas para colocarles las herraduras y esa casita, es la fragua donde se hacían trabajos a golpes de yunque y fuego. También a tu edad, cuando los chiquillos oíamos que iban a herrar una vaca, veníamos todos corriendo para verlo. Los hombres se ayudaban y sudaban para colocar al animal, atarlo, y tirar de él hasta dejarlo casi colgado. Una vez inmóvil y controlado el loco forcejeo, el herrero le colocaba las herraduras, luego le soltaban. Recuerdo que las vacas salían disparadas dando coces y cornadas en dirección al “Canto Gordo”. Los hombres tomaban un trago del botijo, y otra vaca al potro.
- ¿Y qué día viene el herrero?. - preguntó curiosa.
- A nuestro pueblo ya no viene el herrero, porque no hay vacas para herrar.
- ¡Entonces tampoco voy a poder ver herrar las vacas! ¡Pues vaya rollo de pueblo! Al menos me podré columpiar en el Potro.
- Pues sí hija, ya es para lo único que vale
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